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24 junio, 2011

~Javier Sicilia | Lo abierto | poema

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A nosotros, que erguidos caminamos

como si en ese gesto se ocultara el sino de nuestra condición,

no el animal que avanza a ras de tierra hacia lo Abierto,

un atrás y adelante en el acontecer del infinito;

no el árbol que enraizado

–la boca entre la tierra,

el sexo contra el viento–

habita el puro espacio de su inmovilidad;

no el ángel, demasiado perfecto en su belleza,

esencia fabricada de espacio,

ave de luz suspendida en lo eterno;

sino nosotros que avanzamos a tientas

entre el cielo y la tierra, aterrados de muerte,

excavados de huecos;

a nosotros, viatores

–que a la vez anhelamos la tierra y lo celeste

y no estamos en paz con nosotros mismos–,

sólo el amor nos salva de la angustiosa fuga hacia adelante,

como si en los contornos de lo amado lo Abierto se cerrara

y el hueco de la carne encontrara el reposo en lo creado

y no viera la muerte,

sino un allá anunciado,

contenido en los límites del cuerpo.

Los amantes lo saben,

ellos que tan cercanos uno al otro

se miran asombrados en lo Abierto que sus ojos descubren en sus ojos.

Mas ni el uno ni el otro lo franquean

y regresan al mundo.

¿Será tal vez el miedo al llamado infinito

o la dulce nostalgia de quedarse por siempre en lo creado

que nunca los retiene?

O quizás ese sea nuestro sitio,

el lugar de lo eterno que nos corresponde:

contemplar y sentir el infinito arropado en la carne,

en ese mutuo darse el uno al otro,

mientras la lenta fuga hacia lo Abierto nos permite habitar la duración,

ese ya, pero aún no

que lo amantes viven al rozarse la piel;

esa eterna presencia

que nos hace presentes en el tiempo inasible

como una tenue grieta

en la alba porcelana de lo Abierto.

 

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24 junio, 2011

~José Emilio Pacheco | Éxodo

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En lo alto del día
eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso;
el miserable héroe que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota;
el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo
para que el mar no arroje su cadáver a solas;
el perpetuo exiliado que en el desierto mira
crecer hondas ciudades que en el sol retroceden;
el que clavó sus armas en la piel de un dios muerto
el que escucha en el alba cantar un gallo y otro
porque las profecías se están cumpliendo: atónito
y sin embargo cierto de haber negado todo;
el que abre la mano
                                      y recibe la noche.

 

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