~Marco Antonio Campos | Aquellas cartas

 

§

 

El ayer llega en el hoy que saluda ya el mañana.

El mirlo cantaba en el haya a la hora del degüello.

Era fines del ’72. Yo atravesaba en tren

Europa occidental, o caminaba, por saber adónde,

un sinnúmero de calles, y en cuerpos ondulados

de jóvenes tenues, o en la delgadez del aire en la rama

de los castaños, o en reflejos, que creaban imágenes,

en aguas del Tajo, del Arno o del Danubio, la creía ver,

y ella lejos, en mí, en Ciudad de México, con sus

clarísimos 19 años, regresaba en verde o azul, para luego irse

y regresar e irse en el ayer que hoy llega para hablar mañana.

Era fines del ‘72, y yo no sabía que el mirlo cantaría para mí

a la hora del degüello. Ella hablaba de amor en mí, por mí, de mí,

pidiéndome que le enviara más cartas, que guardaba

-eso decía- en el color de los geranios sobre los muros

de su casa en el barrio de San Ángel, sabiéndola diciembre

que era de otro, pero yo le escribía cartas y cartas

en el compartimiento del tren de una estación a otra,

bebiéndome milímetro a milímetro la morenía de su cuerpo

como antes, sin saber que la tinta se borraba como

el color de los  geranios en el muro de su casa.

Pero al evocar ese ayer convertido en un hoy que es ya mañana,

sin escribir ya cartas entre una estación y otra, me parece

que aún oigo la canción del mirlo a la hora del degüello.

 

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