~José Joaquín Blanco: CUARTA ELEGÍA

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"Qu’ils n’aillent point dire… s’y plaissant dire: tristesse… s’y logeant. Comme aux ruelles de l’amour."
SAINT-JOHN PERSE

 

 

El deambular cansado y ácido de los desabridos,
los perezosos que fatigan los suburbios mustios
de la acedía. Se chupan los dientes, escupen;
con qué cara de interminable rencor, de frío desapego
hacen la vida a un lado como cualquier pinche cosa.

 

Desde sus ojos impertubados, casi aristócratas,
desprecian a los que porfían: —Imbéciles.
El mundo es una mierda, ¿no te lo dije? ¡Mierda!
No vale tus esfuerzos ni tus fracasos ni nada.
Que por donde saben,
los cursis se metan sus ideales.

 

Igual con el país y la ciudad, con el arte; lo que sea:
—Mira el periódico de hoy, te lo venía diciendo:
¿De veras, inocente, te crees esas tonterías del progreso, je?
¿Del amor, je? ¿La revolución, je? ¿La patria, je? ¿De veras?
¡Qué más da! ¡Qué importa! Dan lo mismo esto y aquello.

 

Los desabridos echan su maldición sobre todo lo que miran,
hasta parecen volverlos sabios el Asco y la Arrogancia;
poderosos, incluso proféticos —a ellos, los dolorosos,
que ¡cómo desearían (si tuvieran deseos) confirmar sus gargajos
y lucirlos como adornando el desastre: —¡Te lo dije!

 

En su tedio, en su hastío, en su dolor sin mañana,
en su suburbio opaco de mezquindad flagrante,
los desabridos se van secando con sus sonrisas secas,
con su cinismo cínico, con su indolencia indolente
y la soledad toda aceda de vivir todos pardos.

 

Para mejor comprarlo, la corrupción primero entristece
al hombre. Y si ¡al carajo con uno! ¡al carajo con los otros!,
por cinco centavos y hasta chiflando un mambo,
sin pena se colabora en chingar a todo mundo:
—¡Vale madre, que se jodan, como la pinche tristeza!

 

Contra la tristeza, las múltiples semillas del tiempo,
las ambiciones de ir siendo lo que aún no se ha sido,
de ocupar los espacios que nos llaman a gritos;
los paraísos del cuerpo, las reverberaciones del sueño;
el afán de ir haciendo los mundos que todavía no han sido hechos,

 

cuya música presentimos en el silencio ritual de la sangre:
la vida, esa sirena que nos pierde en sus entusiasmos,
que nos enloquece para volvermos —al fin— nosotros mismos.

 

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