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31 mayo, 2011

~LA VANGUARDIA Y LO CONTEMPORÁNEO El circuito del arte en Salvador de Bahía

Por Almandrade

Por Almandrade (Antônio Luiz M. Andrade) *
 

 

La historia del arte apenas nos muestra aquello que sucede en las
grandes metrópolis, sin embargo, la divulgación del arte dependió
siempre de los centros culturales, salvo raras excepciones. En Brasil,
lo que acontece en el arte contemporáneo de las regiones es observado
bajo el halo de lo exótico o regional. Por un lado, nos encontramos
con el demérito de las grandes ciudades hacia la periferia y, por el
otro, se continúan con las mismas producciones desfasadas. Como reza
el manifiesto "arte/Bahia/estagnação" (arte/Bahía/estancamiento) de
1976, firmado por el crítico Haroldo Cajazeira y por mí: "…la
situación del arte en Bahía se estancó en las propuestas de la década
de los 60’s (…) sin llegar a producir ningún vinculo con las
producciones y discusiones de la década de los 70’s".

 

Treinta años después que el arte contemporáneo apareció en la escena
brasileña – con mayor auge en los 70’s gracias a las instituciones
culturales- un nuevo arte contemporáneo se instituye en la década de
1990 y pasó a formar parte de salones, bienales, mercados artísticos,
grandes muestras oficiales y también de iniciativa privada. Se vivió
un momento en el que cualquier experiencia cultural (religiosa,
sociológica, psicológica, etc.) fue incorporada al campo del arte
mediante el poder institucional de un curador u otro profesional del
área. Como todo, lo "nuevo" ya fue hecho. El inconsciente moderno
presente en el arte contemporáneo implora siempre una "novedad" y, en
esta búsqueda insaciable, experiencias de otros campos culturales son
incluidos como novedad, dejando de ser el arte un saber específico y
se vuelve un divertimento o accesorio cultural. Es en ese contexto que
lo regional y exótico, producido fuera de los grandes centros, se
oficializa en la historia del arte contemporáneo.

 

En el territorio de las artes plásticas brasileñas, Bahía pasó por un
proceso de madurez un poco lento en absorber lenguajes modernos y
promover la renovación capaz de competir con el arte producido en las
grandes ciudades. Lo que marcaba la producción bahiana era la
tendencia hacia la regionalización, rehusando la universalidad y la
búsqueda de un "moderno regional". La adaptación a las novedades
modernas se dio de forma aleatoria dentro de un pacto con la temática
local del noreste brasileño. La contemporaneidad, entonces, costó en
llegar y acabó desmoronándose sin asimilar las ideas principales, como
si fuera una moda fácil que predomina en el panorama de las artes en
Brasil. Un arte contemporáneo sin historia, instantáneo y desechable.

 

LA NECESIDAD DE UNA VANGUARDIA

 

Para la segunda mitad de la década de 1960, surgió en Bahía el interés
por acompañar las diversas tendencias de la vanguardia brasileña. No
existían manifiestos en las vanguardias ni tampoco un pensamiento
común. El hilo conductor fue más el inconformismo hacía la situación
en la que se encontraba Bahía y las inquietudes de los años de 1960:
contracultura, tropicália, experimentalismo y la ruptura de los
soportes tradicionales.

 

" La necesidad de este intercambio dio como resultado las Bienales en
Bahía, que contaron con la participación de las manifestaciones más
importantes de la época: concretismo, neoconcretismo, tropicália,
etc., haciendo de la capital de Bahía, Salvador, el centro de las
artes plásticas brasileñas. La repercusión nacional de este hecho
despertó el interés de la Fundación Bienal de São Paulo en trasladar
la Bienal Nacional de Salvador para São Paulo provocando un escenario
local contrario a la actualización del arte  bahiano. Debido al
régimen político poco favorable para la libertad cultural a fines de
1960, se produce la censura del Acto Institucional Nº 5 -implementado
por la dictadura militar-, clausurando la 2ª Bienal, el fin de una
iniciativa que enlutó al arte brasileño.

 

Después de la 2ª Bienal Nacional en 1968, una iniciativa no sólo para
integrar a Bahía dentro del escenario nacional sino también para crear
otro centro de referencia, el circuito artístico en la ciudad de
Salvador se restringió a eventos locales de poca envergadura, casi sin
importancia para el arte brasileño. El Museo de Arte Moderno, creado
en 1959 y teniendo como primera directora a la arquitecta Lina Bardi,
funcionó en el foyer (sala de descanso) del Teatro Castro Alves, es
decir, un espacio de fácil acceso. El museo era la principal
institución de los acontecimientos en las artes plásticas del Estado
de Bahía. A partir de 1963 el museo se trasladó al Solar do Unhão,
lugar poco accesible y sin recursos, perdiendo importancia y
terminando en su cierre temporal. Respecto al mercado artístico se
mantenía aún la Galería Oxumarê, primera galería de arte que apareció
en la década de 1950, pionera en la divulgación del arte moderno
bahiano, se mantuvo inexpresiva e incapaz de ejercer el papel que le
era destinado en el proceso cultural, unida a una ausencia en la
crítica del arte y de coleccionistas. Muy por el contrario, en 1960,
la Galería Bazarte comenzó a mostrarse más entusiasta, actuando como
punto de encuentro y taller de muchos artistas que se estaban
iniciando, mediante incentivos que el mismo propietario José Castro
otorgaba entre los jóvenes artistas, como un marchand. La producción
artística se movía en los límites de las primeras manifestaciones
modernistas, dentro de un esquema pictórico que reivindicaba un
retorno a las llamadas “raíces culturales”, ajenas a las
transformaciones que venían sucediendo con el paso de la vanguardia a
la contemporaneidad.

 

EL ARTE CONTEMPORÁNEO Y CONCEPTUAL

 

Sin un espacio de intercambio, centros de apoyo y sin política
cultural que facilite el acceso a lenguajes experimentales, ingresamos
a los años de 1970 perdiéndonos de conocer las movidas del circuito
nacional e internacional en cuanto a la producción y lectura
artística. Entre 1972 y 1974 el grupo de estudios del lenguaje de
Bahía (Haroldo Cajazeira, Julio César Lobo, Orlando Pinho y
Almandrade), distante de los problemas del circuito local, empezó un
pionero estudio sobre semiótica, teoría de la información, filosofía
del arte, poesía concreta, concretismo, neoconcretismo, arte
conceptual, que llevó a la publicación de la revista Semiótica en el
mes de julio de 1974, pero que, sin embargo, fue una iniciativa
aislada, sin mayores acontecimientos en el medio local.

 

Los artistas que surgieron al inicio de la década de los 70’s
-generación posterior a la censura con el Acto Institucional Nº 5-
tuvieron pocas oportunidades de circular su trabajo o de acompañar lo
que ocurría en los grandes centros: las discusiones en torno al arte
conceptual y los sistemas de arte. Sólo podían contar con los Salones
Universitarios que no aportaban intercambios de información: eran
salones que no mostraban ningún cambio, desfasados, sin comunicación
con otros Estados brasileños.

 

El instituto Goethe resultó siendo el principal centro cultural de la
ciudad, especialmente con las manifestaciones artísticas
experimentales, durando hasta principios de 1980. El agente principal
que movió al circuito artístico fue el mercado estatal que encaminó a
la generación anterior a 1960 y se estableció a nivel nacional. Sin
política cultural, la preservación y renovación del patrimonio
artístico en Salvador se mantuvo al margen. Diferente rumbo tuvo la
expansión industrial en el sur del país a inicios de los 50’s,
acompañada de movimientos en el campo de las humanidades, como la
Bienal de São Paulo, el concretismo, el Cinema Novo y la Bossa Nova.

 

 La modernización industrial bahiana sucedida entre la década de 1960
y 1970 contó con la implementación del Centro Industrial de Aratu y
del Complejo Petroquímico de Camaçari. No tuvo eco en el medio local
por tratarse, posiblemente, de la expansión del cinturón industrial
entre São Paulo y Río de Janeiro. La industria del turismo se tornó
hegemónica a partir de la segunda mitad de los años 70’s y estuvo
movida por la especulación del patrimonio natural, artístico y
arquitectónico, así como por las fiestas populares, dando impulso al
desarrollo del ramo hotelero, pero sin propiciar un cambio que
introdujese el surgimiento de la cultura urbana.

 

Sólo al final de la década se reapertura el Museo de Arte Moderno[3]
con una gran exposición. Sin ninguna selección, la exposición-registro
resultó siendo una vitrina del arte bahiano. Inclusive desde las
Bienales no había sucedido una muestra de gran tamaño, tomando en
cuenta sólo la cantidad de participantes. Sin embargo, la reapertura
de este circuito artístico se contextualizaba dentro de la agitación
política de los años de 1960: amnistías, aperturas, libertades
democráticas, donde el gobierno incluía una nueva ruta cultural.
Después del Acto Institucional Nª 5 que produjo el cierre de la
Bienal, sucedió la denominada "apertura política", que fue la que
reabrió el museo y la libertad de expresión. Comenzó la etapa
democratizadora del país. No obstante, la exposición mostró que Bahía
se encontraba alejada de lo contemporáneo y, salvo algunas
excepciones, había regresado la mirada hacia lo moderno regional.

 

LA NUEVA PRODUCCIÓN CONTEMPORÁNEA

 

Sin recursos necesarios y sin una política cultural más amplia, así
como la falta de circuitos de intercambio, el arte se mantuvo al
margen de la prioridad estatal. En la década de 1980 el mercado
empieza a establecerse como uno de los soportes del medio artístico,
pero es a partir de mediados de la década posterior donde el adquirir
producciones recientes exige una mirada más crítica, estimulando un
arte contemporáneo todavía incipiente. A partir de 1975 la galería
ACBEU constituyó un importante espacio de divulgación artística tanto
para artistas jóvenes como para los más reconocidos en el mercado.

 

La Escuela de Bellas Artes de la Universidad Federal de Bahía,
considerada la principal escuela de arte, se mantuvo al margen de este
acontecimiento. Los Salones Bahianos de 1986 y 1987 incluyeron al arte
local en el escenario nacional.

 

En la década de 1990 el Museo de Arte Moderno de Bahía (MAM) se renovó
 y tanto el nuevo formato como los proyectos culturales que adoptó
tornaron a este espacio como uno de los principales museos del país.
El mercado artístico también se renovó, mostrando una nueva clase de
público consumidor, estimulando a los coleccionistas.

 

La inversión privada también es asumida dentro de esta dinamización
del circuito artístico -como lo fue el Premio Copene de Artes
Plásticas-, patrocinando exposiciones que contribuyeron en la
transformación del arte de Bahía, así como publicaciones tipo 100
Artistas Plásticos Bahianos. Los marchands comienzan a desempeñar un
papel decisivo dentro de la historia del arte de la región, donde el
comercio pasa de ser un espacio de compra y venta a invertir en el
reconocimiento del artista, creando una referencial o portafolio que
le permite al comprador asegurarse de la calidad del producto
artístico que adquiere.

 

Después de los 70’s el contexto nacional e internacional apuntaba al
retorno de la pintura por el placer mismo de pintar y era esto lo más
solicitado del mercado, en reacción a un supuesto hermetismo de los
lenguajes conceptuales que marcaron los años de esa década. El soporte
tradicional se reelabora a partir de 1990 en adelante, predominando la
tridimensionalidad: escultura, objeto, instalación, performance, etc.,
aunque para hablar de una condición postmoderna, el soporte no es lo
esencial como sí lo es su significado. Es a mediados de aquella década
que el arte bahiano adopta los nuevos lenguajes que conviven sin
conflictos con la cultura tradicional.

 

La interacción con distintas producciones en el circuito artístico
introduce nuevos intereses estéticos en el público consumidor,
estimulando el desarrollo de la actividad cultural. Ya se puede hablar
de una variedad de trabajos, muchos de ellos contradictorios entre sí,
pero que son legitimados en el mercado del arte. Encontramos lenguajes
académicos de los 20’s y 30’s, sucediéndose también el movimiento
moderno surgido en Bahía en las décadas de 1940 y 1950, sin dejar de
lado el arte contemporáneo de las últimas décadas. Coexisten, por un
lado, la producción figurativa regional, que utiliza los esquemas
formales de las primeras experiencias modernas; por otro lado, están
los "nuevos artistas contemporáneos", cuyos trabajos son incentivados
en su mayoría por la óptica de los salones de arte y prescinden del
uso de la forma. Aún tenemos la generación intermedia que surgió a
fines de 1960 e inicios de 1970, con una profusión de estilos
asociados a la postmodernidad en la plástica de Bahía.

 

* Artista plástico, arquitecto, magister en Diseño Urbano, poeta y
profesor del curso Teoría del arte en el Museo de Arte Moderno de
Bahía.
www.expoart.com.br/almandrade

 

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22 abril, 2011

~Mario Vargas Llosa | “La libertad y los libros”

Documento sin título  

§

 

Texto completo del discurso de Mario Vargas Llosa en la 37º Feria del Libro de Buenos Aires

 

Agradezco a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires honrarme con la invitación a ocupar esta tribuna el día de la inauguración. He tenido ya ocasión de participar en ella hace algunos años y me alegra saber que ha ido creciendo y atrayendo cada vez a más editores, libreros y lectores hasta convertirse en una de las ferias de libro más importante mes en todo el ámbito de nuestra lengua.

 

No me extraña nada que haya ocurrido así. Desde la primera vez que pisé Buenos Aires, hace de esto cerca de medio siglo, advertí que esta ciudad y los libros tenían una afinidad recóndita, comparable a la que sólo había advertido antes en París, y que, al igual que esta última, Buenos Aires era una ciudad de librerías -modernas y anticuarias-, de cafés literarios, de escribidores y lectores, donde todo letraherido se sentía inmediatamente en su casa. No es por eso nada raro que uno de los más grandes creadores de nuestro tiempo, Jorge Luis Borges, fuera un porteño y que se pueda decir de su extraordinaria obra que toda ella es como la exhalación imaginaria emanada de una biblioteca, institución en la que Borges, recordemos, en uno de sus más bellos textos, materializó el Paraíso.

 

Agradezco también a los organizadores de este certamen haber resistido las presiones de algunos colegas y adversarios de mis ideas políticas, para desinvitarme. Y extiendo mi agradecimiento a la Presidenta, señora Cristina Fernández de Kirchner, cuya oportuna intervención atajó aquel intento de veto. Ojalá esta toma de posición en favor de la libertad de expresión de la mandataria argentina se contagie a todos sus partidarios. Este episodio, me parece, más allá de lo anecdótico, plantea un asunto interesante y actual al que no me parece inadecuado abordar en el marco de este certamen con una breve exposición que se podría titular: "La libertad y los libros".

 

 Manuscritos, impresos y, ahora, digitales, los libros representan la diversidad humana (mientras no sean expurgados, claro está). A condición de que puedan participar en ella sin discriminación, cortes, sin censura, los libros de una Feria del Libro son, en pequeño formato, la humanidad viviente, con lo mejor y lo peor que ella tiene: sus creencias, sus fantasías, sus conocimientos, sus sueños, sus amores y sus odios, sus prejuicios, sus pequeñeces y grandezas. Ningún espejo retrata mejor a esa colectividad de hombres y mujeres que conforman las diversas tradiciones, culturas, etnias, lenguajes, mitos, costumbres, modos y modas del fenómeno humano. Esa extraordinaria variedad desaparece cuando, abandonando la superficie, gracias a los libros nos sumergimos en lo profundo hasta llegar a aquellas raíces o denominadores comunes de la especie, pues allí descubrimos lo que hay de solidario y semejante por debajo de aquella frondosa variedad: una condición, unos sentimientos, unos anhelos, unas alegrías y unos miedos que establecen una identidad recóndita sobre las diferencias y distancias que la historia ha ido forjando entre razas, pueblos y culturas a lo largo de los siglos.

 

Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e ideológicos entre los pueblos y las personas y a descubrir que, por encima o por debajo de las fronteras regionales y nacionales, somos iguales en el fondo, que los "otros" somos en verdad "nosotros" mismos. Gracias a los libros viajamos en el espacio y en el tiempo, como hizo Julio Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos sin salir de su biblioteca, y comprobamos que, con todos sus matices y variantes, la humanidad es una sola y compartida.

 

Podemos comparar el mundo de los libros que en estos momentos nos rodea con un bosque encantado. Ellos están allí, quietos, inertes, silenciosos, como los árboles y las plantas de las fantásticas historias infantiles, esperando la varita mágica que los anime. Basta que los abramos y celebremos con sus páginas esa operación mágica que es la lectura para que la vida estalle en ellos convocada por la hechicería de sus letras y palabras, y un surtidor de ideas, imágenes y sugestiones se eleve del papel hacia nosotros nos impregne, arrebate y traslade a otra vida, a menudo más rica, coherente, intensa y entretenida que la vida verdadera, en la que a menudo las rutinas embrutecedoras cotidianas nos dejan apenas resquicios para la exaltación y la felicidad.

 

La vida de los libros nos enriquece y nos transforma. Nos hace más sensibles, más imaginativos y, sobre todo, más libres. Más críticos del mundo tal como es y más empeñados en que cambie también él y se vaya acercando a los mundos que inventamos a imagen y semejanza de nuestros deseos y sueños.

 

Por eso, los libros son un testimonio inapelable de las carencias y deficiencias de la vida, aquellas que incitan a los seres humanos a crear mundos de fantasías y a volcarlos en ficciones para poder tener aquello que la vida que vivimos no nos da.

 

El viaje al corazón de ese bosque encantado de los libros no es gratuito, un paseo divertido y sin secuelas. Es un viaje que deja huellas en el sentimiento y la inteligencia del lector, la comprobación de que el mundo real está mal hecho pues no basta para colmar nuestros anhelos. ¿Para qué inventaríamos otros mundos si con éste nos bastara? Es imposible no salir de un buen libro sin la extraña insatisfacción de estar abandonando algo perfecto para volver a lo imperfecto y empezar a mirar el entorno con cierto desánimo y frustración. Nada ha hecho que el mundo progrese tanto desde los tiempos de la caverna primitiva hasta la era de la globalización como ese viaje a lo imaginario que acompaña a hombres y mujeres desde su más remoto pasado y del que da testimonio inequívoco el mundo vertiginoso y laberíntico de los libros.

 

 No es sorprendente, por ello, que los libros hayan despertado, a lo largo de la historia, la desconfianza, el recelo y el temor de los enemigos de la libertad, de quienes se creen dueños de las verdades absolutas, de todos los dogmáticos y fanáticos que han sembrado de odio y violencia zigzagueante el curso de la civilización.

 

La Inquisición lo vio clarísimo: los libros deben ser examinados y purgados por censores estrictos para asegurar que sus contenidos se ajusten a la ortodoxia y no se deslicen en ellos apostasías y desviaciones de la doctrina verdadera. Dejarlos prosperar sin esa camisa de fuerza de la censura previa sería poblar el mundo de heterodoxias, teorías subversivas, tentaciones peligrosas y desafíos múltiples a las verdades canónicas. Esta mentalidad llevó a decidir que todo un género literario -la novela- fuera prohibida durante los tres siglos que duró la colonia en todas las posesiones españolas de América. Durante trescientos años no se pudo editar ni importar ficciones en las colonias americanas. El contrabando se encargó de que muchas novelas circularan en nuestras tierras, felizmente. Pero una de las perversas -o tal vez felices- consecuencias de esta prohibición fue que, en América Latina, como la ficción fue reprimida en el género que la expresaba mejor -las novelas-, y coma los seres humanos no podemos vivir sin ficciones, éstas se la arreglaron para contaminarlo todo -la religión, desde luego, pero también las instituciones laicas, el derecho, la ciencia, la filosofía y, y por supuesto, la política-, con el previsible resultado de que, todavía en nuestros días, los latinoamericanos tengamos grandes dificultades para discernir entre lo que es ficción y realidad. Eso ha sido muy beneficioso en los dominios del arte y la literatura, pero bastante catastrófico en otros, en los que sin una buena dosis de pragmatismo y de realismo -saber diferenciar el suelo firme de las nubes- un país puede estancarse o irse a pique. Los comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a los inquisidores de antaño.

 

Vez que se ha apoderado de un gobierno un fanático religioso, ideológico o un caudillo megalómano que se cree dueño de la verdad absoluta, los libros se han visto sometidos a purgas, recortes y vejaciones para tratar de evitar que lo que ellos encarnan mejor que nadie -la diversidad humana, la variedad de ideas, creencias, puntos de vista, costumbres y tradiciones- se divulgue y contradiga la visión dogmática, excluyente y autoritaria entronizada. Nazis, fascistas, comunistas, caudillos militares o civiles enceguecidos por los espejismos de las verdades absolutas han tratado a lo largo de toda la historia y en todas las geografías del planeta de domesticar y embridar el espíritu creativo, insumiso y crítico -que ha sido siempre el motor del cambio-, pero, por fortuna, siempre han fracasado. Dejando, eso sí, en el camino una miríada de víctimas – torturados, encarcelados y asesinados- que, pese a la represión y a las persecuciones, mantuvieron siempre viva aquella llama de libertad que anida, como un alma secreta, en el corazón de los libros.

 

Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir los libros que queremos leer, y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro de las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida. Defender el derecho de los libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene y renueva.

 

Una de las mejores tradiciones de la Argentina ha sido ser un país de libros, escritores y lectores. Yo lo recuerdo muy bien, pues en mi infancia y mi adolescencia se nutrieron de revistas y libros (y, añadiré, películas y canciones) que se producían y editaban en este país y se difundían por todos los rincones de América. Por ejemplo, llegaban puntualmente a Cochabamba, la ciudad boliviana donde viví hasta los diez años. Recuerdo muy bien la llegada periódica de Leoplán para el abuelo, el Para ti que leían mi madre y m abuela y en Billiken que yo esperaba como maná del cielo. Más tarde, de universitario en San Marcos, en Lima, conocí la literatura más renovadora y moderna, (de Faulkner a Thomas Mann, de Joyce a Sartre, de Camus a Forster, de Eliot a Hemingway, gracias a las traducciones que editoriales como Losada, Sudamericana, Emecé, Sur y otras publicaban y distribuían por todo el continente. Como innumerables jóvenes latinoamericanos de mi generación puedo decir por eso que debo buena parte de mi formación literaria a esa pasión por los libros que anida en el corazón de la cultura argentina.

 

Hago votos porque esa hermosa tradición se renueve y fortalezca y que sea la mejor expresión de ello esta Feria del Libro de Buenos Aires.

 

Muchas gracias. Mario VARGAS LLOSA

 

^

http://www.clarin.com/…/Feria_del_Libro_2011-Mario_Vargas_Llosa_CLAFIL20110421_0002.pdf

 

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